Un turista en su propia patria

Tres años luego de salir de Bogotá a la población de Poitiers, Francia, a adelantar sus estudios profesionales; mi hijo regresó a las calles que le eran cotidianas tiempo atrás.

En general lo que encontró no fue mejor de lo que había dejado al abandonar el país, al dejar la ciudad que lo había visto nacer y en la que había pasado la mayor parte de sus veinte años. Mi hijo no es una persona normal. El sufrió una hipoxia perinatal. Una dolencia que en pocas palabras se traduce como falta de oxígeno poco antes, durante o poco después del nacimiento.

Eso le generó dificultades para caminar, lo que se conoce como motricidad gruesa y en el manejo de sus manos, es decir la motricidad fina. A pesar de estas dificultades, mi hijo logró avanzar y superar sus problemas. Hoy es un joven que con una especie de bamboleo y arrastrando algo sus pies avanza, aun enfrentando esas tabletas que se desprenden causando desniveles o esos andenes que obligan a levantar los pies cerca de veinte centímetros del piso, características de nuestra ciudad.

Por eso su retorno a Bogotá, a la manera de un turista, le ha vuelto a verse enfrentado a estas trampas, a esta agreste ciudad, que no está construida pensando en las personas con algún tipo de discapacidad y que menos aun está diseñada para los turistas, para esos turistas de tipo incluyente.

Y así recuerdo que hace cuarenta años, las autoridades de la capital tenían todo un plan para hacer de esta ciudad un espacio incluyente. Una urbe donde los andenes, las rampas, las barandas de las escaleras, los ascensores estuvieran diseñados para permitir el acceso de la gran variedad de discapacidades que son “normales” en los seres humanos, que aunque algunas se puedan catalogar como enfermedades, otras son más una especie de síndromes o de deterioro natural.

Así, en algunos casos la expresión de estos males o dolencias es evidente e implica utilizar silla de ruedas, muletas o bastón o, como en el caso de mi hijo, se hace evidente por los movimientos de su cuerpo al caminar.

Pero lo que debe buscar la sociedad es que todos los seres humanos tengan acceso a los diferentes espacios públicos y especialmente a aquellos que tienen un valor especial, a aquellos que se pueden catalogar como reliquias, como tesoros para quienes recorren el mundo para conocer y aprender, para convertirse en turistas, y especialmente en aquellos que tienen que luchar contra las barreras que limitan el acceso a museos, a medios de transporte, a las pirámides, a los coliseos, a parques y zoológicos, a todas las bellezas de nuestro planeta.

Por: Andrés Piñeros Latorre

 

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